Escrito por Jónatan Badán – psicólogo sanitario de AFDA
“Hola, me llamo Íñigo Montoya…” Así empieza una de las frases más célebres del cine de los 80-90 (junto a otras como: “…yo soy tu padre” o “la vida es como una caja de bombones…”).
Pronunciada por el mítico personaje de la película La princesa prometida (1987, William Goldman), Íñigo Montoya, espadachín español que busca vengar la muerte de su padre a manos de un malhechor con seis dedos. A lo largo de su camino, en esta aventura medieval, lleno de trabajos de dudosa moralidad como los de ser matón, buscavidas o guardaespaldas, consiguió aprender cuantos estilos de esgrima existían, llegando a dominarlos de tal manera que ningún oponente suponía ser un rival digno de su habilidad.
Si bien el motor de su meta era la venganza de su padre, un humilde herrero fabricante de espadas al que asesinaron vilmente por no querer pagar el precio de una sublime espada, la dedicación y el empeño que genera dicho objetivo produce en Íñigo el cultivo constante de sus habilidades, de forma similar a como lo hacen los deportistas de élite en su carrera, permitiendo alcanzar proezasinconmensurables.
Tras años y años de búsqueda, presentándose siempre con la aclamada frase “Hola, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”, marcados por el dolor y una gestión del duelo algo cuestionable, termina por encontrar al villano y, tras un combate épico, repitiéndole hasta la saciedad su memorable frase, le asesta varias estocadas con las que acaba materializando su venganza.

Obviamente esto no va para nada de enaltecer la venganza, el ajuste de cuentas o de apología de la resolución de conflictos a través de la violencia, sino de la perseverancia, la fidelidad y el sentido de vida. Pido se haga un ejercicio de distancia y perspectiva con el personaje, su contexto y la épica de la ficción que nos permite corear el nombre de malandrín al matar a un hombre, de tal manera que nos quedemos con el contenido estructural de la historia y no tanto con lo decorativo de la narración, de lo que, en cualquier caso, haremos uso para guiar esta disertación.
Íñigo Montoya es testigo de la muerte de su padre a los 10 años y, aún siendo un tierno infante se lanza a matar al asesino justo con la espada que generó la disputa entre artesano y comprador, pero al no tener fuerza ni habilidad es rápidamente desarmado y marcado en las mejillas con sendos cortes que le recordarán el resto de su vida este terrible hecho. Es innegable el coraje del niño, así como el dolor generado por el asesinato de su padre, haciendo que se embarque en la hazaña de la venganza gran parte de su vida y, por ende, “hipotecándola” a fondo perdido, pues, por mucha esperanza que albergue, nada le garantizaría encontrar a ese malvado hombre con seis dedos.
¿En qué le ayuda perseguir la venganza a Íñigo? A no sufrir. O al menos eso cree. Tiene un objetivo vital. Se enfoca en conseguir aquello que se ha propuesto a toda costa. Y a su vez le permite no mirar el duelo de frente; no contactar con la realidad de que su padre está muerto y jamás volverá. El dolor, la desesperanza, la frustración, el odio… son emociones con las cuales tiene que lidiar, emociones nada agradables y que tanto él, como cualquiera, trata de quitarse de encima. ¿Cómo lo hace? De dos maneras. Esforzándose y esforzándose en aprender todo tipo de estilos de esgrima: ser el mejor para que su oponente no tuviera la más mínima posibilidad; y con el alcohol: mientras estaba con la copa no estaba con el dolor (al menos un rato). Siendo esta segunda estrategia de afrontamiento una vía de escape que tan solo puede conllevarle mayor sufrimiento, deterioro y complicaciones, convirtiendo la solución en otro problema.

Volviendo a la primera, si bien pudo tener en su momento un motor de arranque perverso, a lo largo de su desarrollo se fue transformando, de algo que servía para no pensar en el dolor a algo que por sí mismo tenía un significado. Como si un objetivo se convirtiera en un valor, es decir, trasformar la venganza en ser el mejor. Implicando la perseverancia y la dedicación plena al aprendizaje, obviamente con costes (familia, relaciones, ocio…) pero mediante una elección propia que le acerque a ese Íñigo que quiere ser: el mejor espadachín. Esto se ve en el duelo con el pirata que les persigue durante la aventura, en lo alto del acantilado donde, por honor, Íñigo espera a que suba, le permite que descanse y, solo una vez recuperado, le propone batirse con él para comprobar que sigue siendo el mejor. Quizá no consiga jamás alcanzar ese horizonte, pero en su mano sólo estaba seguir caminando en esa dirección, entrenando y aprendiendo, confiando en que si llegase el momento de encontrar al hombre con seis dedos, estuviera lo suficientemente preparado.
Y el momento llega. ¿Y qué pasa? Que logra su objetivo. Mata al asesino de su padre. ¿Y ahora qué? Ya está. No hay más asesinos a los que perseguir, no hay más padres a los que vengar, entonces, ¿qué hace? Su vida en cierta forma deja de tener sentido. Algo que puede llegar a arrastrarle a un pozo de desesperanza. Nada como la falta de sentido puede generar esa espiral sufrimiento, desamparo y finalmente un cuestionamiento de la propia existencia. Somos seres que buscan “para qué´s”. Y solo hay dos opciones: para acercarnos a la vida que queremos o para alejarnos de lo que nos disgusta. Lo primero tal vez no lo consigamos, pero mientras vayamos en esa dirección es posible que aumentemos posibilidades. La segunda es más compleja, porque si lo que nos disgusta es un olor, un ruido, una persona… tal vez podamos alejarnos, pero si se trata de una emoción, un pensamiento… ¿cómo lo hacemos? Difícilmente.

Íñigo, tras estar mucho tiempo intentando alejarse del dolor mediante la bebida no terminó de distanciarse lo suficiente, siempre seguirá con él la pena por la pérdida, pero mientras tanto también estuvo cultivando su carrera como espadachín, aunque una vez concluyó su gesta se encontró ante el abismo de los objetivos cumplidos. Como se ha señalado más arriba, en su aventura conoció a otro personaje, el Pirata Roberts (en realidad Westley), primer amor de la Princesa Buttercup que, una vez rescatada del fulano príncipe Humperdink, no veía necesidad de continuar con ese título heredado del anterior Pirata Robert y le propone, vistas sus grandes dotes en el combate y su arrojo, heredar el título y convertirte en el siguiente Pirata Roberts, lo que Íñigo acepta de buen gusto.
No se puede obviar que el cometido de un pirata es aterrar, robar y realizar todo tipo de fechorías, pero vuelvo a pedir el esfuerzo de perspectiva que acordamos al principio con el personaje y con la permisividad de la ficción. Si bien Íñigo jamás podría restaurar la pérdida que supuso el asesinato de su padre, sí tendría la oportunidad de seguir construyendo una vida con valor que generase un contenido digno de ser vivido y narrado en otras historias, aventuras o leyendas, permitiéndonos trasportarnos a la cubierta de un velero de negra bandera para abordar buques corsarios y arrebatarles el oro saqueado a otros navíos mercantes.