Escrito por Elisa Giménez – psicóloga sanitaria de AFDA
Suena el despertador, y sin escuchar esa parte de ti que nota el cansancio y pide que te quedes unos minutos más en la cama, te levantas. Una acción casi automática, que haces al escuchar a esa voz que te recuerda todo lo que tienes que hacer durante el día: el aspirador, preparar la comida, seguir estudiando y formándote, la colada, gimnasio, trabajar… Esa presión, esa necesidad de cumplir contigo mismo. Contigo… ¿seguro?
Mientras haces las tareas autoimpuestas, tu cabeza, lejos de acompañar a tus pies, te adelanta lo que hacer después: “venga, que si te das prisa, igual puedes hasta ver a esa amiga que hace tanto que no ves”. Hasta la parte social queda relegada al check: a algo con lo que cumplir, a la tarea a completar.
Libros empezados que lejos de resultar gratificantes entran a tu lista de “cosas con las que cumplir”, eso que falta por comprar, esa llamada a realizar, tareas pendientes en el trabajo, el fin de semana a planear, la cita que no se te puede olvidar… hasta este escrito acaba formando parte de esa lista.

Incluso cuando parece que has llegado a todo, que has aprovechado el tiempo como pretendías, la voz en tu cabeza resulta insatisfecha: “jo, otro día que no lees ese manual, mañana tiene que darte tiempo”. Sabes que es imposible y entras en un discurso con esa otra voz algo más realista, que te recuerda todo lo que sí has hecho.
Entonces, coges el móvil como desahogo, como escape de tu propia rumia, y algo te incomoda. Aparece la comparación, en redes ves a alguien que ha madrugado más que tú, que ha hecho miles de cosas más que tú. Siempre encontrarás alguien que factura más que tú, que viaja más que tú, que disfruta más que tú, con mayor conocimiento que tú. O eso es lo que parece viendo ese perfil idílico, algo que tu voz autoexigente utiliza para darte algún látigo que otro, siempre desde el “deberías de…”.

Un día echas la vista a atrás y descubres cómo el contexto te ayudó a calmarte así, te empujó a priorizar la hiperproductividad. Recuerdas profesores que premiaban el hacer, esa amiga que tanto valorabas y… ¡qué de cosas hacía!, el refuerzo de tus padres cuando cumplías, y lo lejos que te encontrabas de la crítica al hacer.
Y si te paras a mirar un poco más allá, verás para qué está ese látigo, para qué ese producir sin parar. Y es que no hacemos tanto porque nos guste no parar, sino porque al hacer, desaparece la culpa, desaparece la sensación de insuficiencia, no hay aburrimiento y el miedo al fracaso se ve algo más lejos. Así aprendemos que, cuando hago cosas, me siento un poco mejor. Aparece el alivio, por fin, y ¡qué gratificante!
Pero, como con casi todo, el alivio es temporal. Y de nuevo, aparece la voz lanzándote a la productividad. Así aparece el hábito. Ya nunca es suficiente, porque no es algo determinado de forma externa, ahora es algo que decide tu necesidad de escapar de las sensaciones internas.
Surgen esas nuevas reglas que te van a dirigir: “siempre se puede mejorar”, “si puedo hacer más, debería hacerlo”, “el descanso hay que ganárselo”, “la gente válida aprovecha el tiempo”, “si paro soy vaga”…

El problema no aparece cuando “hacer mucho” produce satisfacción. Aparece cuando “dejar de hacer” produce malestar. Ahí el «hacer» deja de ser una elección y se convierte en la única forma de acallar una voz que insiste en que nunca es suficiente. Porque esa voz rara vez desaparece. Si hoy terminas una tarea, mañana encontrará otra. Si completas la lista, inventará una nueva. Si alcanzas un objetivo, desplazará la meta un poco más lejos. Intentar convencerla o satisfacerla suele convertirse en una carrera sin línea de llegada.
Así que tal vez no haya que regularse con listas, con promesas de “mañana haré” y organización. Tal vez se trate de dejar de cumplir y empezar a vivir, de elegir realmente ese quehacer, de hacerlo verdaderamente tuyo. La flexibilidad psicológica, como dice Steven Hayes, no consiste en hacer menos, sino en poder elegir cuándo hacer, cuándo parar y cuándo descansar, sin que esa decisión esté dictada por la necesidad de escapar del malestar.
Se trata de recuperar la libertad para que la conducta de “hacer” vuelva a estar guiada por los valores y las demandas reales del contexto, en lugar de por la búsqueda inagotable de alivio.

No dejes que esa voz decida por ti, pon al volante aquello que realmente da significado a tu vida, pregúntate «¿qué tipo de persona quiero ser en este momento?». A veces la respuesta será trabajar con intensidad y hacer, otras veces será descansar, llamar a un amigo o simplemente parar. No porque ya te sientas tranquilo y no escuches a la voz, sino porque esas acciones te acercan a la vida que quieres construir.
Porque una vida valiosa no se mide por la cantidad de tareas tachadas, sino por la posibilidad de estar presentes en aquello que elegimos hacer, incluso cuando la mente siga susurrando que todavía no es suficiente.