Escrito por Elena Arroyo – psicóloga sanitaria de AFDA
¿A quién no le ha ocurrido que, cuando ha intentado cambiar algo en su forma de funcionar en el día a día, ha sentido que le costaba muchísimo esfuerzo?, ¿Cuántas veces, el miedo, la pereza o la vergüenza que hemos podido experimentar en esos momentos, se han vuelto algo tan incómodo que nos ha tentado a echarnos atrás o abandonar? Y, ¿le damos la misma importancia, a esas sensaciones incómodas y desagradables, si eso que estamos intentando hacer, nace de una decisión propia que si viene impuesto desde afuera?
Naturalmente, reconocernos en esta situación es muy humano, y también muy animal. Evolutivamente, estamos programados para ahorrar energía, protegernos del peligro percibido, obtener recompensas a corto plazo y alejarnos de cualquier fuente de dolor. Sin duda, estos instintos nos han facilitado adaptarnos a nuestro medio y a la supervivencia como especie, por no hablar de las propias experiencias de aprendizaje que hayamos vivido como individuos y que hacen que nos sea más o menos fácil desenvolvernos de un modo concreto.

Con el paso del tiempo, el contexto en el que vivimos va presentándonos otras situaciones en las que, para adaptarnos, necesitamos poder mantener el esfuerzo para lograr objetivos a medio y largo plazo, a pesar de las dificultades que eso conlleve. Aunque, en ocasiones, culturalmente, se llega a fomentar el esfuerzo excesivo y la férrea disciplina como norma, consiguiendo incluso que dejemos de escucharnos y persistamos hasta la extenuación y agotamiento total, dejando de ser tan útil para nosotros/as. En esta sociedad de la productividad en la que vivimos, estamos acostumbrados/as a realizar una serie de conductas que ni siquiera llegamos a cuestionarnos si nos apetecen hacerlas o si hemos “nacido para ello”, y si lo hacemos, posiblemente no le demos tanta importancia como para modificarlo, si es que podemos. Normas y reglas que rigen nuestro día a día de forma rígida y que son altamente reforzadas desde afuera, conduciéndonos a obviar lo que nos sucede internamente, por muy desagradable que sea (madrugar, realizar malabares para poder llegar a fin de mes, esperar una cita médica…)
Pero ¿y cuando se trata de algo que elegimos cambiar, bien porque hacer lo mismo de siempre no nos resulta útil, o bien porque lo nuevo es más acorde con la vida que queremos vivir o la persona que queremos ser? Ahí pueden surgir sensaciones desagradables difíciles de sostener, como algunos pensamientos y emociones de los que llegamos a hacernos expertos/as en detectar, pudiendo llegar a ser razón suficiente para dejar de intentarlo, aun siendo lo que más deseamos. Probablemente nos suenen algunos de esos posibles impedimentos, en forma de pensamientos, tales como: “no podré con ello”, “no lo estoy haciendo bien”, “soy incapaz”, “me da demasiado miedo”, “esto me pasa siempre”… O en forma de sensaciones físicas que acompañan a algunas emociones, como, por ejemplo: el “nudo” en el estómago o en la garganta, la presión u opresión en el pecho, los latidos del corazón que se aceleran, el temblor que agita y recorre nuestro cuerpo…
Intentemos visualizar a un/una funambulista, que se sube una y otra vez a una cuerda tensa tratando de mantener el equilibrio lo máximo posible. Seguramente nos resulte sencillo imaginar las sensaciones desagradables que percibiría: el vértigo, el miedo a caerse o fracasar, la inestabilidad sobre la cuerda, la inseguridad… Un desequilibrio constante que sería muy difícil no llegar a experimentar, sobre todo si está al inicio de su aprendizaje, ya que aún no mostraría un gran dominio sobre ello. ¿Y si esas sensaciones mencionadas, le estuvieran señalando que es ahí donde quiere estar, que eso es importante para él/ella? Además, poder notar esas sensaciones, le conduciría a realizar reajustes en la fuerza y ritmo de sus movimientos, a recolocar partes de su cuerpo, a experimentar con los cambios de peso necesarios para permanecer y transitar por la cuerda… Y sería necesario hacerlo así, como con otros aprendizajes, con paciencia y amabilidad hacia sí mismo/a, recolocando sus movimientos en función de lo que vaya experimentando y no tanto de lo que “su mente le cuente”.

Haciendo la analogía con el/la funambulista, traigamos a nuestra mente una elección que estemos tomando sobre nuestra forma de comportarnos: por ejemplo, si queremos interactuar más con los demás, afrontar situaciones de conflicto, poner límites, cuidar de nuestra salud, elegir qué compañero/amiga/padre o madre/ hermano queremos ser… Seguramente también nos resulte fácil imaginar y contactar con nuestras sensaciones desagradables a la hora de colocarnos en esa dirección: la ansiedad, el miedo al rechazo, la pereza, la incertidumbre, la falta de control… Siendo también una nueva forma de comportarnos en nuestro día a día, podemos comprender que al igual que para el/la funambulista en sus inicios, no seremos las personas más habilidosas.
¿Y si esas sensaciones fueran la información que necesitamos para caminar por nuestra propia cuerda? Quizás, muy amablemente, como al empatizar con el/la funambulista, podríamos permitirnos reajustar y reorganizar nuestras acciones todas las veces que lo necesitemos, no por presión externa, no por qué tengamos que ser de un modo concreto, sino porque en ese camino estemos eligiendo comportarnos como la persona que queremos ser, más allá de nuestros patrones aprendidos y automatismos.
En definitiva, sin que el evitar sentir todas esas sensaciones desagradables, se convierta en el foco de nuestra atención; sin que las incomodidades que experimentemos sean lo que elijan por nosotros/as.
¿Y si aquello que nos cuesta esfuerzo nos indicara cuál es la dirección a seguir o mantener, sin obligarnos a sostener una estabilidad perfecta? ¿Y si el equilibrio tratara justamente de no quedarnos quietos/as?