Escrito por Javier Vela Pérez – psicólogo sanitario de AFDA

Las personas no nacemos aprendidas. Al nacer no sabemos cómo andar, ni tan siquiera tenemos desarrollada la musculatura para hacerlo. Tampoco somos capaces de hacer otras cosas más complejas como hablar y pensar. Con lo que sí que nacemos son con unas características ligadas a lo que somos como especie humana, con unos genes comunes al resto de seres humanos del mundo y con unas características específicas como individuos concretos.

Cuando llegamos al mundo empezamos a interactuar con nuestro contexto y así vamos aprendiendo. Nos especializamos en interactuar con el contexto en el que vivimos. A los pocos meses de vida un bebé puede distinguir entre distintas palabras de distintos idiomas. Sin embargo, conforme crece empieza a perder esta habilidad y pasa a solo poder distinguir las palabras del idioma, o idiomas, con el que está en contacto.

Un bebé necesita crecer en un contexto donde haya personas que hablan para poder desarrollar su capacidad del lenguaje. Con el paso del tiempo, un bebé se convierte en un niño que responde a los sonidos de las palabras de forma coherente con lo que sus adultos de referencia le han enseñado. Y aprende a usar él mismo esas palabras para así generar distintas acciones en otras personas. Por ejemplo, puede pedirle a su padre que le dé comida cuando tiene hambre, o pedirle a su madre que le acerque con el coche al instituto donde juega un partido de baloncesto. Las palabras se caracterizan por esto, porque tienen un efecto en lo que sienten y hacen otras personas; y porque tienen un efecto en lo que una misma siente y hace.

Las palabras pueden influir en lo que hace una persona porque el contexto social que rodea al niño le enseña a responder ante las palabras de la misma forma que respondemos ante objetos físicos del mundo. Por ejemplo, responder a la palabra “agua” de la misma forma que responderíamos si tuviéramos un vaso de agua delante. Así, en un momento de tener sed, e incluso sin poder ver ningún vaso de agua con nuestros ojos, nos acercaremos al lugar donde nos digan que hay “agua”.

Lo mismo ocurre con otros objetos que tendemos a evitar. Responder a la palabra “fuego” como si del mismo fuego se tratase, ha resultado tremendamente adaptativo para supervivencia de la especie humana. Resulta beneficioso para el grupo que un niño desarrolle la capacidad de dar la voz de alarma al ver un fuego que sólo está viendo él y así poder coordinarse y cooperar con el resto de los individuos del grupo.

Otra forma de responder ante los objetos físicos, que también aprendemos a aplicar sobre las palabras, son las relaciones entre los objetos. Si queremos invitar a varias amigas a comer a casa, elegiremos la mesa del salón porque es más grande que la de la cocina. Gracias al lenguaje, esta misma relación de comparación que relaciona el tamaño de las dos mesas la podemos utilizar para comparar la valía que puedan tener dos personas. Por ejemplo, podemos compararnos con nuestro hermano, nuestra amiga o con nuestra pareja y sentirnos inferiores, menos populares, etc. o, por el contrario, superiores, más populares, etc. Y sentirnos tristes y frustrados –o vanidosos- con esa relación de comparación porque, recordemos, las palabras influyen en lo que las personas sentimos y hacemos.

Fruto de las relaciones que establecemos entre los significados de las palabras, el lenguaje permite relacionarnos con eventos que no vemos físicamente. Un ejemplo sencillo es el que puede ocurrir en una partida de ajedrez. Una joven puede pensar en distintas cadenas de movimientos tratando de encontrar la mejor jugada. Sobre el tablero las piezas no se mueven, pero en su cabeza, con los ojos cerrados para concentrarse mejor, relaciona un movimiento con la posible respuesta de su oponente. Finalmente, decide mover su alfil a la esquina del tablero porque piensa que le servirá para dar jaque mate a su rival. De forma similar, no necesitamos haber conocido personalmente a la compañera de trabajo que nuestra mejor amiga nos cuenta que le cae muy bien. Solo con relacionar nuestra simpatía y cariño hacia nuestra mejor amiga con la simpatía que ella siente hacia su compañera de trabajo, seguramente nosotros también sentiremos simpatía hacia esa persona.

Una vez adquiridas ciertas habilidades verbales empezamos a ser capaces de recordar eventos ocurridos en el pasado, a imaginar eventos que quizás sucedan en el futuro y, en definitiva, a pensar. Hablarse a uno mismo es lo que llamamos pensar. Ocurre cuando la misma persona que habla es también la que escucha. Y pensando y pensando podemos resolver los problemas que podamos tener. Darle vueltas a la cabeza sobre un tema no resuelto puede ser muy útil porque nos ayuda a encontrar nuevas opciones de actuación que quizás nos permitan resolverlo. Seguramente todo el mundo podremos recordar situaciones que se solucionaron gracias a pensar una mejor combinación de autobuses, nuevas fechas para ir a hacer una excursión o cómo coordinarse con un familiar o amigo para hacer una gestión administrativa que se nos aparece de urgencia.

Otras veces, darle muchas vueltas a la cabeza a un tema que, por lo que sea, no se puede resolver, puede generar estrés y ansiedad. Pensar una y otra vez en “¿qué pasará si le explico la situación a mi jefa?”, “la última vez que hablé con ella pasó de mí”, “¿si hablo antes con mis compañeros de trabajo será más fácil?”, y así, y más pensamientos, todo el día. Horas y horas dedicadas a resolver un problema que o no está bajo nuestro control o que, decidamos lo que decidamos, no va a tener una solución perfecta. Horas y horas pensando en lo mismo. Es agotador.

Además de permitirnos buscar soluciones a distintos tipos de problemas, pensar también nos permite observarnos a nosotras mismas y preguntarnos sobre a dónde nos llevan nuestras acciones. Si engancharnos todo el día en un problema irresoluble nos permite solucionarlo o si por el contrario nos aleja de la vida que queremos vivir.

Si notamos que ese pensar y repensar una y mil veces más esa misma idea nos lleva a darnos contra un muro, entonces igual es momento de hacer otra cosa. Igual es momento de pararse a observar qué aspectos de nuestra vida nos generan el malestar que dispara toda nuestra cadena de pensamientos. Por ejemplo, cuando un amigo no responde a un mensaje y nos duele pensar que no le importamos y nos sentimos solos; y empezamos a dar mil vueltas pensando en si tendríamos que haber escrito otro mensaje distinto.

Quizás notemos que invertir mucho tiempo repensando el mensaje ya escrito nos aleja de generar un momento de cariño con la amiga que sí que nos ha contestado y con la que estamos tomando un café juntos. Entonces estaríamos ante un problema. Entonces sería momento de hacerle un hueco, emocionalmente hablando, a ese malestar. Permitirnos sentirnos solos, que no le importamos a cierta persona, o que en esta ocasión no ha querido respondernos, y dejar esa emoción ahí, sintiendo ese malestar, pero sin necesitar arreglarlo. Para así orientar nuestras acciones hacia generar y mantener cariño con las personas que nos rodean y con las que queremos estar, aunque cueste esfuerzo. Es hacerle un hueco a un malestar que al aceptarlo deja de ser un problema que resolver. Y nos permite centrarnos en lo que de verdad importa.